lunes, 15 de julio de 2013

O P I N I Ó N

 OTRA VEZ EL DIABLO EN PIURA.
 
 
miguel godosEl relato es espeluznante. Nos recuerda esa saga de películas sobre posesiones demoníacas en las que el diablo hace de las suyas con sus inocentes víctimas. La historia acontecida en Piura da cuenta de un adolescente que fue expulsado de un colegio religioso a consecuencia de sus repentinas y alucinadas crisis de fe acompañadas de ojos desorbitados, retorcijones en el suelo, un aliento fétido de albañal y la inesperada reacción temerosa de sus compañeros de clase. Se trata de histeria químicamente pura acompañada de sorprendentes testimonios en detalle de los acontecimientos.
 
El caso oído de la boca de uno de los protagonistas directos es sorprendente y tiene un desenlace digno de thriller pues el presunto poseso desbordaba sus casillas frente a objetos de acero, estampitas religiosas y el ajo macho. Más tarde el endemoniado jovencito convertido en aplicado universitario tuvo que soportar la muerte de su enamorada de la que conservaba frasquitos de orina, lágrimas y otros fluidos corporales en su mochila los que inhalaba para recuperar energías cuando se encontraba exangüe. La trama es de novela pero los personajes son criaturas de carne y hueso en una Piura que se transforma de aldea a urbe con pretensiones de modernidad.
 
El tópico demoniaco no es ajeno a Piura desde tiempos inmemoriales. En Piura el diablo dejó de aparecer el día en que se iluminaron las ciudades. El callejón de la Torata, en las inmediaciones de la avenida Sánchez Cerro, era conocido como la bolsa del diablo porque por ahí hacía sus nocturnas incursiones. Otros sostienen que el diablo perdió el poncho en los tortuosos caminos al filo de la cordillera en Huancabamba. El diablo también sorprendía a los arrieros que frecuentaban el despoblado junto al cerro azul en la Silla de Paita. El diablo piurano suscribía pactos de sangre a quienes entregaba fortuna y poder.
 
En las mesas maleras de hechicería y curanderismo en Huancabamba está presente el diablo empecinado en hacer el daño y sembrar el infortunio. Entonces lo invocan y le piden con compromisos de parte. Mejor dicho, explican los chamanes, el diablo te da pero te quita y arrebata lo que más quieres y lo que más te gusta. Al diablo le gusta el oro materia principal de las ofrendas en la Laguna Negra. El diablo alienta la codicia, la arrogancia y la lujuria. Según sostienen los creyentes no soporta los escapularios dela Virgen del Carmen. Entonces huye en polvorosa escena ridiculizada por los diablicos que acompañan la procesión de la Virgen en Canchaque y Huancabamba.
 
En los chicheríos del Bajo Piura se dice que el diablo sorprende a las jovencitas lavanderas en las acequias con sus silbidos entre los totorales. Y como el diablo es asquiento huye del excremento. Por eso algunas viejas acostumbran tener sus bacinicas pertrechadas con el propósito de alejarlo de su pretencioso y vehemente deseo de seducir a las pezpitas. El diablo huye también del agua bendita, de las crucesitas de palma tras la puerta. Hay también quien acostumbra al dormir colocar los zapatos en cruz para que el diablo no los haga recorrer más de la cuenta.
 
En Piura hay también el diablo capitulero y siete suelas dedicado a la política y al medroso oficio de vivir del dinero público. Es experto en sobrevalorar obras, desaparecer el fierro y el cemento porque en su estado natural se dedica al hurto. A él se deben esas obras públicas que parecen hechas con lengua de gato porque no duran y finalmente se hacen y se rehacen continuamente. Hay otro diablo haragán dedicado a demorar expedientes su estado natural es la pereza. Hace como que trabaja pero no lo hace. Otros diablos piuranos son los mentirosos, los farsantes y los perro muerteros. Otra especie en apariencia patriótica son los diablos dedicados a las efemérides cívicas con el puro ánimo de los bocaditos, el raje y las fotos para los periódicos. Después nada. Para ellos la patria es una torta que se reparte a dos cachetes nunca una heredad nutrida con la savia de la historia y el respeto.   Este diablo es sumamente peligroso porque se propone a sí mismo como testimonio de vida lo que resulta inaudito y perversamente grotesco. Son como la higuera estéril que maldijo el Señor.

 

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