Igualdad para consolidar la identidad nacional
Conceptos significativos como éstos convocan a repensar criterios y estrategias sobre interculturalidad e inclusión, orientándolos a reconocer y explotar nuestras igualdades, y a partir de este análisis comprender y valorar nuestras diferencias.
¿Podríamos limitar el orgullo que sentimos los peruanos por Machu Picchu, el Señor de Sipán, la marinera, el cajón, la Plaza Mayor de Lima, el pisco, el cebiche, en fin, por provenir de una u otra cultura?
¡Por supuesto que no! Lo hacemos sin reparar su procedencia, lo cual es muy bueno. Pero, ¿comprendemos plenamente que cada uno de estos íconos de nuestra nacionalidad viene aparejado de un origen, con una determinada carga sociocultural, que también es nuestra y parte de nuestro ser social?
Creo que no. Lamentablemente desvinculamos ese conjunto inseparable y nos identificamos, consciente o inconscientemente, solo con parte de esa integridad.
Por la convivencia de nuestras culturas originarias y migrantes tenemos características únicas y complejas que debemos vigorizar desde los canales que nos unen, más que desde las diferencias. Aceptar y explotar nuestros puntos de unión son formas de aproximación verídicas, que tanto necesitamos.
Cuando en una exposición se aborda la interculturalidad como estrategia de acercamiento entre grupos humanos o pueblos diferentes, la ubicación del ponente siempre es la del protagonista "diferente" que busca cómo establecer relaciones interculturales con los objetos de estudio.
Así, desde una posición unilateral se busca "incluir", por ejemplo, a campesinos andinos o amazónicos de diferentes etnias.
En cambio, si en un proceso de diálogo partiéramos de puntos de similitud o igualdad, la relación se hace más horizontal y el objeto de estudio se convierte en sujeto con mayor apertura, estableciéndose una adecuada y pertinente interrelación
Esa es la condición ideal para valorar las riquezas de cada principio de nuestro ser nacional.
En este proceso es importante buscar y encontrar caminos propios y nuevos, porque nuestra multiculturalidad y las frustraciones en su abordaje así lo exigen.
Esta estrategia, consistente en estimar nuestras similitudes, también colisiona con las corrientes indigenistas a ultranza, que sostienen que "nuestra cultura ancestral es mejor y que llegará el momento de reivindicar esa condición".
Todos los peruanos de hoy estamos en la obligación de buscar relaciones más adecuadas que nos permitan reivindicar real y plenamente las riquezas sociales, culturales y lingüísticas de todas nuestras culturas autóctonas y migrantes, reconociendo su validez e incorporándolas con la misma jerarquía social a nuestro ser nacional.
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