Autor:
Germán Alarco *
La violencia juvenil hace más urgente que nunca las políticas de cambios profundos e inclusión social que impulsa.
Podemos endurecer leyes, hacer más drásticas las sanciones contra el vandalismo y los crímenes que se cometen en los escenarios deportivos. Se pueden instalar los más modernos equipos de vigilancia electrónica y levantar murallas, rejas y otras instalaciones para proteger la vida y la propiedad de las personas.
Estas y otras medidas, si es que se adoptan oportunamente y en una acción coordinada de las autoridades, la empresa privada y la sociedad civil, lograrán sin duda importantes resultados frente a la ola de violencia juvenil que se ha convertido en uno de los problemas sociales más graves que afrontan nuestras ciudades.
Pero estos esfuerzos, importantes y urgentes, para combatir los desbordes de violencia que ya han causado numerosas víctimas y cuantiosos daños materiales, no serán capaces de acabar desde su raíz misma con una lacra enquistada y embalsada desde hace mucho tiempo en un país donde la inseguridad ciudadana obedece a causas sumamente complejas.
En los sectores más pobres y necesitados de nuestra población hay factores, como la mala calidad de la educación familiar y escolar, o la ausencia de esta, que influyen directamente para que nuestros niños y adolescentes reaccionen con una rebeldía negativa y violenta que acaba en la delincuencia y la drogadicción.
A esto hay que sumar, por supuesto, la falta de oportunidades, el hambre, la pobreza. Millones de niños y jóvenes peruanos sufren cada día el abandono físico, la desesperanza total.
Ante este drama de pobreza y resentimiento acumulados, surgen con mayor urgencia que nunca las políticas de cambios profundos e inclusión social que impulsa el gobierno del presidente de la República, Ollanta Humala Tasso, en las cuales nuestros niños y jóvenes tienen que ser ciertamente los privilegiados y abanderados.
Pero hemos visto que la violencia juvenil, el vandalismo, no es una manifestación exclusiva de las capas sociales empobrecidas y abandonadas. También en los sectores adinerados y presuntamente bien educados se enciende el fuego absurdo y letal de la violencia homicida asociada a los espectáculos masivos.
No es para consolarnos, pero ese mismo fenómeno de violencia juvenil lo estamos viendo en nuestros tiempos en los países ricos, aunque aquí el mal se produce bajo condicionantes diferentes.
Y es que en la moderna sociedad peruana, nuestras nuevas generaciones no solamente sufren el abandono físico, la falta de educación y de trabajo y de un futuro con bienestar y oportunidades. Hay otro mal social de igual o peor gravedad que las envuelve: el desamparo moral, la falta de valores, la deshumanización salvaje, como respuesta a una íntima insatisfacción u orfandad espiritual.
Esta es otra de las preocupaciones centrales del gobierno del presidente Ollanta Humala, empeñado en recuperar la confianza y la credibilidad perdida por el pueblo en sus gobernantes y autoridades.
Es la hora oportuna de llevar adelante acciones de cambio profundo en los sectores de la Educación, Cultura, Trabajo y Promoción Social.
Se impone asimismo llevar adelante una cruzada permanente por recuperar los valores de nuestra sociedad, desde el hogar y la escuela hacia una cultura de paz y solidaridad.
* Periodista.
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