Autor:
Javier Portocarrero M. *
El ‘loco’ David no es ni joven ni pobre. Pero su caso no debe hacernos perder de vista los grandes números. En promedio se cometen unos 11 homicidios por cada 100 mil habitantes en el mundo. En América Latina la cifra bordea 36, con El Salvador, Honduras y Venezuela encabezando el ranking. En el Perú nos sentimos muy inseguros, pero la tasa de homicidios solo llega a la mitad del promedio mundial. Sin embargo, todo es relativo, pues por acá la tasa es tres veces mayor que en Chile.
Los crímenes suelen ser perpetrados por varones jóvenes de bajo nivel socioeconómico que residen en áreas urbanas de rápida expansión. Las barras bravas y las pandillas son el arquetipo de la violencia juvenil. Ellas se han multiplicado en Lima y nuestras principales ciudades en paralelo al proceso de migración, urbanización y aculturación. Arguedas retrató el cuadro de la fiebre de la anchoveta en Chimbote a fines de los cincuenta. Hoy vemos el auge del pandillaje en los conos y tugurios de Lima. ¿Por qué? ¿Cuáles son los factores de riesgo? ¿Qué tienen esos chicos en la cabeza?
La adolescencia es un periodo de rebeldía normal en la autoafirmación de la personalidad. El problema viene cuando la socialización es inadecuada, y el individuo no gana control de sus impulsos agresivos. En nuestras ciudades muchos jóvenes tienen más educación que sus padres, pero sufren para conseguir trabajo. La tasa de desempleo juvenil es la más alta. El peligro de delinquir es mayor entre aquellos jóvenes que han crecido en familias desestructuradas, que fueron víctimas de abuso o maltrato infantil, que abandonaron la escuela o que empezaron a consumir alcohol o drogas a temprana edad.
Estos individuos suelen mostrar baja autoestima y poca tolerancia a la frustración. Para compensar su inadaptación al orden social, se integran a pandillas donde el código de valores está pervertido. Se premia la violencia y el atrevimiento. Así, son los jóvenes con tendencias psicópatas quienes alcanzan posiciones de liderazgo. De ahí, transitar a Maranguita, y de este a Lurigancho. Si queremos romper esta espiral de violencia y delito necesitamos promover capacidades, oportunidades, esparcimiento y valores para nuestra juventud.
* Director Ejecutivo CIES
El ‘loco’ David no es ni joven ni pobre. Pero su caso no debe hacernos perder de vista los grandes números. En promedio se cometen unos 11 homicidios por cada 100 mil habitantes en el mundo. En América Latina la cifra bordea 36, con El Salvador, Honduras y Venezuela encabezando el ranking. En el Perú nos sentimos muy inseguros, pero la tasa de homicidios solo llega a la mitad del promedio mundial. Sin embargo, todo es relativo, pues por acá la tasa es tres veces mayor que en Chile.
Los crímenes suelen ser perpetrados por varones jóvenes de bajo nivel socioeconómico que residen en áreas urbanas de rápida expansión. Las barras bravas y las pandillas son el arquetipo de la violencia juvenil. Ellas se han multiplicado en Lima y nuestras principales ciudades en paralelo al proceso de migración, urbanización y aculturación. Arguedas retrató el cuadro de la fiebre de la anchoveta en Chimbote a fines de los cincuenta. Hoy vemos el auge del pandillaje en los conos y tugurios de Lima. ¿Por qué? ¿Cuáles son los factores de riesgo? ¿Qué tienen esos chicos en la cabeza?
La adolescencia es un periodo de rebeldía normal en la autoafirmación de la personalidad. El problema viene cuando la socialización es inadecuada, y el individuo no gana control de sus impulsos agresivos. En nuestras ciudades muchos jóvenes tienen más educación que sus padres, pero sufren para conseguir trabajo. La tasa de desempleo juvenil es la más alta. El peligro de delinquir es mayor entre aquellos jóvenes que han crecido en familias desestructuradas, que fueron víctimas de abuso o maltrato infantil, que abandonaron la escuela o que empezaron a consumir alcohol o drogas a temprana edad.
Estos individuos suelen mostrar baja autoestima y poca tolerancia a la frustración. Para compensar su inadaptación al orden social, se integran a pandillas donde el código de valores está pervertido. Se premia la violencia y el atrevimiento. Así, son los jóvenes con tendencias psicópatas quienes alcanzan posiciones de liderazgo. De ahí, transitar a Maranguita, y de este a Lurigancho. Si queremos romper esta espiral de violencia y delito necesitamos promover capacidades, oportunidades, esparcimiento y valores para nuestra juventud.
* Director Ejecutivo CIES
Consorcio de Investigación Económica y Social

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