MI RESOLUCIÓN 2014
Resolución
para el Año Nuevo
Para enmarcar estos apuntes anecdóticos dentro de
una perspectiva histórica, cabe aclarar que la mayor parte de la generación de
nuestros padres – y madres, claro está- arribaron a Talara en las décadas de los
veinte y los treinta procedentes de zonas relativamente aledañas. Venían de Morropón, de Sechura, de Catacaos, de
Chulucanas, de Tamarindo, de Querecotillo, de Vichayal, de Amotape, de Paita, de
las comarcas y pueblitos de todo ese entorno geográfico que constituía la parte
norte del departamento de Piura. Tierra
rica en tradiciones folklóricas y supersticiones relacionadas con el más allá. La mayoría de ellos eran gente del campo, gente
humilde, peones o arrendatarios de chacritas de las áreas rurales, o pescadores
de las zonas costeñas como Colán. Muchos
eran analfabetos, o habían recibido solamente instrucción primaria básica y
vinieron a Talara atraídos por la dinámica laboral creada por la explotación de
los pozos de petróleo de la Brea y Pariñas y la construcción de la refinería llevada
a cabo por la International Petoleum
Company. Llegaron a Talara como
pudieron, muchos con alforjas, otros solamente con lo tenían puesto, y los hubo
también algunos que llegaron en burros, con la esperanza de labrarse un futuro
prometedor. Pero mezclados con los
sueños y las ilusiones trajeron también bagajes culturales, creencias,
tradiciones y supersticiones propias de sus pueblos. Y entre esas supersticiones, claro está,
también se coló en Talara el mal del susto.
Lo irónico del caso es que para muchos de ellos el sueño de mejor vida
en Talara se hizo realidad porque sus hijos e hijas, egresados del colegio Ignacio
Merino cuando aun era mixto y era la única institución de enseñanza secundaria
en Talara, llegaron a ser profesionales respetables –aquejados, en su mayoría,
del sindroma del mal del susto, aunque muchos nunca se percataron de ello y
sufrieron en silencio.
En fin, como íbamos contando, el susodicho cuco no
se esfumó cuando dejamos la infancia e ingresamos a la adolescencia, como
hubiera sido natural, sino que cambió de residencia. De debajo de la cama y del piso de los
canchones de madera, se mudó al infierno y al purgatorio y se encarnó en el
diablo. En la adolescencia ya no nos
metían miedo con el cuco sino con el diablo o demonio que es lo mismo. Había que rezar, ir a misa, acudir a las
procesiones, confesarse, hacer comuniones, abstenerse de pecar, de tener malos pensamientos
so pena de ir al infierno –pasando primero por las llamas del Purgatorio. Y el Reverendo Pacheco Wilson –que en paz
descanse- era un experto en el arte de meter miedo a los feligreses desde su
consagrado púlpito de la Iglesia La Inmaculada.
Con el trascurso del tiempo y de los años el cuco, que
como una hiedra contumaz se había enraizado en nuestro subconsciente desde
nuestra infancia, se transformó, cambio de mascara, se camufló y transmutó y
cambió de nombres, pero en todas sus personificaciones continuó con su
fundamental objetivo que era la de meternos miedo. Y lo paradójico y absurdo del caso es que continua
haciéndolo hasta el presente, ya bien entrada la vejez. Siempre agazapado, en perenne estado de
alerta y vigilante, eternamente a la espera de un pequeño desliz, o de un
inconsecuente pecadillo de nuestra humana flaqueza. Y cuando ello ocurre es entonces cuando el
cuco salta con la velocidad de un gato montuno para meternos un fiero zarpazo
en la conciencia, pero lo hace disfrazado de achaques, taquicardia, de dolor de
espaldas, de angustia, de ansiedad, de depresión, de insomnio, o simplemente de
hipocondría. Pero algunas veces nos embiste
inesperadamente, especialmente en momentos vulnerables, en su original versión
de puro miedo, de puro terror existencial, sin que conscientemente sepamos exactamente
de qué.
Me preguntan los amigos cuál es mi resolución para
el Año Nuevo y he decidido, de una vez por todas, buscarme un chamán de los
buenos para exorcizar al maldecido cuco, darle una buena paliza y mandarlo a la
mismísima mierda para que deje ya de jodernos la paciencia y de ser un
obstáculo innecesario al sosiego de nuestra vejez.
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