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jueves, 14 de noviembre de 2013

CRÓNICA DE UN MAMARRACHO LEGAL.
 
Marco SifuentesEn setiembre, el Congreso de la República tomó lo que hasta entonces se llamaba la Ley Beingolea y la transformó en algo peor. Retazos de varios proyectos de ley de otros congresistas –asustadísimos de Internet– fueron pegoteados hasta armar un solo cuerpo decadente.
 
Gracias a la presión de los bancos –a través de ASBANC– y del congresista Juan Carlos Eguren, la ley pasó como por un tubo. Se discutió y aprobó en tiempo récord: 4 horas. Y, básicamente, se discutió en secreto. La ley que fue finalmente aprobada no era la Ley Beingolea. Era otra cosa. Solo un puñado de tuiteros siguieron la aprobación en vivo. Algunos abogados, se enteraron al día siguiente en El Peruano. Pero la mayor parte de la opinión pública se enteraría semanas después, cuando el debate estalló.
 
Buena parte de la Ley de Delitos Informáticos que el Congreso aprobó, estaba basada en un proyecto elaborado por el Ministerio de Justicia. Por eso es que la bancada oficialista, a través del nacionalista Tomás Zamudio, impulsó la premura de la aprobación.
 
En ese momento se le advirtió a la familia Humala que debía observar la ley y devolverla al Congreso para permitir un debate que sí incluya a expertos y organizaciones de la sociedad civil. Pero era difícil que eso sucediera. Después de todo, el Ministerio estaba enamorado de su propia criatura. Pero solo ellos.  
 
Por ejemplo: José Luis Medina Frisancho, asesor de la Alta Dirección del Ministerio, fue al programa del Chema Salcedo a defender la norma. Ante la pregunta de quiénes estaba contentos con la ley, Medina solo atinó a mencionar a ASBANC. Bueno, claro. En el Twitter, el solitario defensor de la norma es un abogado llamado Álvaro Thais, que, según su Linkedin, resulta ser “Asesor Legal de Tecnologías de Seguridad e Información y de Seguridad Física y Electrónica” en… ASBANC.

 Es decir, los únicos defensores de la Ley de Delitos Informáticos son los bancos y el gobierno. Nadie más.
 
Incluso desde el gobierno, en privado, se admite que artículos como el 3 y el 6 son excesivos (el 6, por cierto, hubiera impedido la investigación sobre APDAYC). Otros artículos, como el 10, no solo criminalizan el hacking ético, sino que incluso criminalizan el combate al hacking ilegal: si posees algún software diseñado para la comisión de los delirantes “delitos” creados por la ley, vas preso. Jalando un poco la pita, un juez podría determinar que instalar el Microsoft Excel es delincuencial.
 
Una vez que la familia Humala aprobó la ley –a pesar de las advertencias– estalló el debate. La defensa del gobierno ha sido orientar el debate por el lado de la interceptación, que es algo que concierne directamente a un puñado de periodistas. Pero el resto de artículos nos afectan a todos nosotros no solo en nuestra libertad de expresión, sino en libertades básicas de acceso a la información. El gobierno también dice que la norma nos pone al día con el Convenio de Budapest contra el cibercrimen. Pero el mamarracho, en varios artículos, va más allá del Convenio (y artículos como el 6, 9 y 11 no tienen ningún tipo de correspondencia con Budapest).
 
El gobierno ha empezado a escuchar a las voces que le dicen que su hijito, quizás, no es tan bonito como los bancos le decían. Los bancos pueden tener su norma contra el phishing. Perfecto, la necesitan. Pero no tienen que arruinarnos la vida a todos los demás. A ver si nos vamos dando cuenta.

jueves, 26 de setiembre de 2013

LA HORA DE LA LEÑA
 
Marco SifuentesSu mera existencia ya es escalofriante. La entrada en Wikipedia de “Catholic sex abuse cases” es larga y bien documentada. Más de 9 mil casos solo en los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX. Y más de 1500 víctimas denunciantes entre 2003 y 2009, solo en ese país.
 
Desde 1995, más de cien curas de Australia han sido condenados por abuso sexual. En Irlanda se tuvo que organizar una Comisión especial para investigar casos desde 1936.
 
Del Perú, solo aparece el caso de Daniel Beltrán Murguía Ward, un laico consagrado sodálite, a quien la Policía encontró in fraganti, en 2007, con un niño al que le había ofrecido videos de Pokemon.
 
Falta actualizar Wikipedia con el caso de Germán Doig, Vicario General del Sodalicio y Coordinador del Movimiento de Vida Cristiana, un peruano que estaba a punto de ser beatificado (para más casos sobre la delirante “Familia Sodalicia”, ultraconservadores con sabor nacional, recomiendo leer el blog Las Líneas Torcidas, de Martín Scheuch).
 
Y, por supuesto, falta actualizar esa entrada con el caso del obispo auxiliar de Ayacucho, Gabino Miranda. Este sujeto pertenecía –según la propia ACI Prensa, el organismo de comunicaciones del eje Opus-Sodálite– a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz desde 1989. Según la misma página de “la obra”, esta sociedad es una “asociación de clérigos, intrínsecamente unida a la Prelatura del Opus Dei”.
 
No extraña, entonces, que el mayor representante del Opus en nuestro país, el arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani, haya minimizado el caso:
 
“No hagamos leña del árbol caído. No exageremos cuando queremos maltratar a nadie”, dijo Cipriani. Sí. La misma persona que le niega derechos a unos, pasa por agua fría las monstruosidades de los suyos.
 
Eso no es todo. Luego agregó, refiriéndose a Bambarén (quien confirmó la identidad del obispo pedófilo): “No me parece de buen gusto que un obispo retirado haya hecho una denuncia un poco exagerada o dura. El Papa nos habla de misericordia. Tolerancia cero sí, pero misericordia, justicia y derecho a la defensa”.
 
El arzobispo de Durban, Sudáfrica, dijo que la pedofilia era una enfermedad y no un crimen. ¿Les suena conocido?
 
Por cierto, Cipriani, zorro viejo, aclaró rapidito que “no estaba enterado del caso”. Porsiaca.
 
En Kansas, el obispo Robert Finn fue sentenciado a dos años de prisión por ocultar el caso de Shawn Ratigan, que había tomado cientos de fotografías pornográficas a niñas. El padre Ratigan, por su parte, fue sentenciado a 50 años de prisión.
 
Perú es uno de los países más católicos de la región, si no del mundo. La mayoría de colegios particulares están en manos de órdenes católicas. ¿Cuántos casos como los de Doig o Miranda todavía no se conocen? ¿Cuántos se conocen y se ocultan?
 
Si la Conferencia Episcopal tenía una cantidad de pruebas suficientes como para destituir al obispo Miranda, ¿por qué no lo denunció ante las autoridades? Miranda está no habido. ¿No son acaso también responsables quienes sabían que había cometido un delito y lo ocultaron?
 
En un país en el que la impunidad campea, a veces damos pasos en la dirección correcta. Hay un expresidente en la cárcel (con suerte tendremos un par más). En una democracia real, todos somos iguales. Para bien y para mal. Que pague no solo el pedófilo, sino también quien lo encubrió.

lunes, 16 de setiembre de 2013

HUMO Y ESPEJOS.
 
Marco SifuentesEn los viejos dibujos de Garfield había una secuencia que se llamaba algo así como “Si salió en televisión, DEBE.SER.VERDAAAD!!!” que básicamente se dedicaba a presentar los casos más delirantemente falsos, haciéndolos pasar como casos de la vida real. Una versión descafeinada de Laura Bozzo, digamos.
 
Eran otras épocas. Sin idealizar, digamos que hasta el siglo pasado era bastante difícil que los noticieros terminen replicando ese tipo de informaciones o que los periódicos cubran algo que simplemente vieron en la televisión.
 
Ahora todos caemos. Primer caso: Julio Andrade. Protagonizaba un videoclip con una canción que encajaba perfectamente en su estilo (rimas que no riman, reclamos al auricular del teléfono, efectos ochenteros, camisa remangada al borde del mar, etc.). Resultó que era una campaña de un sistema de puntos (“tu segunda moneda”) que “te llevas fácil” cuando compras en determinadas tiendas. Hasta el momento: 500 mil visitas. El viral peruano más popular de todos los tiempos.
 
Segundo caso: ‘Worst. Twerk. Fail. Ever’. Un video popular de una chica que se grababa a sí misma bailando, sola en su cuarto, iluminada por velas, la versión gringa del perreo, conocida como twerking. En el paroxismo de su interpretación, se apoya contra la puerta de su cuarto y baila de cabeza; de pronto entra alguien a su cuarto y ella cae sobre las velas y se incendia su pantalón. Fin del video. Hasta el momento: 10 millones de visitas.
 
La versión uncut del video muestra a Jimmy Kimmel, popular conductor de un programa nocturno estadounidense, entrando a escena apenas se incendian los pantalones de la chica, que resultó ser una doble de acción. Y todo el video resultó falso. Una broma del programa para ver qué tan lejos podía llegar el video. Y sí que llegó lejos. Lo pasaron en noticieros gringos y peruanos. Lo posteamos todos acompañados de sesudos comentarios sobre qué impulsa a una chica a grabar un video como ese y, a pesar de todo, subirlo a la red.
 
Hasta hace unos años, pocos pero parecen tan lejanos, la queja constante era que los medios masivos no le daban importancia a lo que ocurría en las redes. Para ellos, Internet no existía salvo para mandar correos.
 
Ahora, es al revés. No hay programa que no tenga cuenta en Twitter y su propio hashtag. Ni hay noticiero que no tenga por lo menos cinco minutos o más de una selección de los videos más llamativos de YouTube (la mayoría de ellos demostradamente falsos, pero qué importa: si está en Internet, debe ser verdad). En las versiones online de los medios masivos es obligatoria la nota diaria sobre “los memes que se burlan de… (inserte cualquier tema aquí, desde Toledo hasta la selección de fútbol)”.
 
De pronto los periodistas descubrimos que Internet es una gran fuente de relleno de entretenimiento que podemos hacer pasar por información. Con cada vez menos recursos para producir contenido propio, original, bajo estándares mínimos de calidad, los medios optaron por copiar y pegar lo que sea que el editor de turno se encuentre en su timeline. No importa si es mentira, no importa si es verdad. Lo que importa es que dé risa. Ja-ja.

jueves, 12 de setiembre de 2013

MI VILLANO FAVORITO.
 
 
Marco SifuentesEs dura la vida del trabajador independiente. Disculparán que este espacio se vuelva un poco más personal que de costumbre, pero lo amerita, creo. Y si no lo amerita, bueno, necesito hacer catarsis o la próxima vez que lean mi nombre en un periódico será en la crónica policial del asesinato violento, con desmembramiento y vejación, de cierto Padre de la Patria. Así que asumiremos que, por lo menos, esta columna tendrá aunque sea un mérito: el de convertirse en el desfogue que evitará, por algunos días al menos, la interrupción de mi libertad de circulación.
 
Como ustedes sabrán, el 10% de esta columna siempre ha sido destinado para adquirir aviones que se caen, repartir víveres que intoxican niños, construir zanjas que se hacen pasar por carreteras, mantener hospitales que son focos de infección de TBC y comprarles mansiones a nuestros expresidentes. A eso, en nuestro país, lo llamamos “impuestos”, término que naciones más exóticas utilizan para denominar al dinero que sus ciudadanos aportan para garantizar una atención médica para todos y una educación pública de calidad, entre otras excentricidades de países que sí pertenecen al Primer Mundo a pesar de no tener cebiche ni pisco sour.
 
A partir de este mes, además, otro 13% de esta columna viajará en el tiempo. Al menos eso me dicen. En teoría –en alguno de los pocos futuros posibles en los que no he muerto protagonizando un incidente kamikaze en el Palacio Legislativo–, ahora el 13% de esta columna se desplazará al año 2040 donde me estará esperando junto a otros treces porcientos muy preocupados por la calidad de mi vejez.
 
Esa es la teoría, claro. La experiencia –y el último reporte de la AFP a la que aporté durante los ocho años que viví en la estable comodidad de una planilla antes de mudarme a la romántica incertidumbre del Internet– me dice todo lo contrario. En esos ocho años, acumulé una alucinante suma de dinero que me garantiza una vejez digna si y solo si esa vejez digna tuviera la delicadeza de durar solo un par de meses.
 
Así, antes de que usted termine de leerla, el 23%, es decir, casi la cuarta parte de esta columna se habrá diluido como lágrimas bajo la lluvia. En el fondo, quizás me lo merezco. Después de todo, el culpable de todo esto solía ser Mi Quijote Favorito. Claro, antes de que se convierta en congresista.
 
Durante años, al frente de su ONG, el señor Jaime Delgado se especializó es desfacer entuertos y enfrentar a gigantes que muchas veces solían ser simples molinos de viento.
 
Sobrevinieron las elecciones y he aquí que los votantes aprendimos una dura lección. Este tipo de personas son muy útiles, y quizás hasta valiosas, desde la sociedad civil.
 
Pero una vez que suben al poder y son seducidos o confundidos por él, entonces su ignorancia del sistema político, su agenda monotemática, sus prejuicios obsesivos, sus torpezas, terminan por arruinarnos a todos.
 
Ayer, el señor Delgado –Quijote trocado en villano– no tuvo mejor idea que zafar cuerpo escribiendo con este tuit: “Dada la coyuntura actual, considero que la #SBS y el #MEF deben postergar el aporte de los independientes”.