domingo, 4 de setiembre de 2011

OPINIÓN… Lo que gobiernos anteriores no resolvieron

Autor:
Andrés Abad Tejada (*)

Varios son los asuntos negativos que afectan al desarrollo de nuestra Nación y que, como ningún gobierno se ha animado a resolver, se han ido convirtiendo con el paso de los años en verdaderas “papas calientes”. Basta enumerar cuatro de esos grandes asuntos o problemas para comprender su magnitud: el centralismo, la corrupción, la politiquería y la falta de civismo.

El centralismo, que se mantiene en nuestro país desde su creación, ha convertido a la capital, la ciudad de Lima, en una gran cabeza que ahora está agobiada por una serie de problemas. En esta metrópoli vive casi la tercera parte de la población, se encuentran instaladas la sede de los poderes del Estado, los ministerios y los otros organismos que forman el aparato del gobierno. Absorbe, en consecuencia, más de la mitad del presupuesto general de la República, pues un alto porcentaje de esos recursos se destinan al pago de sueldos y salarios a los funcionarios y trabajadores de la administración pública. Y también se destinan grandes partidas para el pago de servicios (transporte oficial, energía eléctrica, agua y desagüe, internet, cable y telefonía, etc.) Y como consecuencia del centralismo se han instalado en Lima la casa matriz de cada banco, de cada empresa minera, petrolera o energética, de cada uno de los grandes almacenes, etc.

Además, cualquier decisión que tenga que tomarse para el desarrollo o progreso de cualquier ciudad del interior del país, incomprensiblemente, tiene que tomarse en Lima. Caso contrario no va más.

Los intentos o ensayos serios de regionalización se dieron durante el gobierno de Velasco y el primer gobierno de Alan García. Según los analistas de la historia nuestra, la regionalización velasquista fracasó porque Morales Bermúdez dio marcha atrás, y la que dejó Alan fue desactivada por Fujimori, quien simplemente cambió la denominación de departamento por región, es decir cambió mocos por babas. El presidente Alejandro Toledo intentó llevar adelante la regionalización, pero quedó en promesa. Y en su segundo mandato, García Pérez se había vuelto tan derechista que la regionalización era un asunto que no le permitía canonjías o beneficios.

Ahora aparecen ciertas esperanzas de llevar adelante la ansiada regionalización, y se ha planteado la organización de cinco grandes regiones. Ojalá se haga realidad, pero para ello tenemos que participar en el gran debate nacional sobre el tema en mención.

Aunque muchos no lo crean, sobre el centralismo recae cierta culpa de la corrupción. Como todo se tiene que resolver en Lima, para vender las trabas de la burocracia capitalina se aprendió a “dotar” (coimear) cada gestión, estableciendo los montos de acuerdo a la importancia del asunto y los frutos que rendirán. La corrupción en nuestro país no es todavía como la de México, donde cada funcionario o policía sabe el tope del soborno que pueda recibir sin ser pasible de denuncia, pero va camino de serlo. Y ahora también hay que pagar por lo bajo para que aceleren los trámites en las reparticiones burocráticas de los gobiernos regionales, las municipalidades y ni que decir de la Policía. Frente a la corrupción se necesita mano dura. Es la única forma de pararla.

El otro problema es la politiquería. Conforme pasan los días, comienzan a salir a luz lo que está sucediendo en el Congreso, institución que defiendo porque es la base de la vida democrática. Por ejemplo, ¿Cómo es posible que algunos congresistas hayan logrado ser nombrados presidentes o integrar comisiones afines con sus propiedades, sus actividades profesionales o económicas y financieras? Se supone que esas comisiones tienen por misión proponer y debatir leyes que permitan transparencia en los negocios y actividades de cualquier índole que se desarrolle en el país. ¿Y podrá hacerlo el Congreso cuando ha nombrado al gato como despensero?  Ojalá el gobierno del señor Ollanta Humala Tasso, quien durante la campaña llevó como bandera la lucha contra la corrupción y la politiquería, lo logre.

Finalmente, el otro problema es la falta de civismo. Este asunto, que se viene arrastrando desde hace muchísimos años, se ha convertido en una suerte de identidad nacional. Diría sin temor a equivocarme que todos los peruanos se caracterizan por su rebeldía frente a la ley, a las normas y las disposiciones. Seguro que en los hogares, ni los padres ni las madres les inculcan a sus hijos valores como el respeto, el buen comportamiento y el cumplimiento de las normas. Es posible más bien que en el seno de la familia se festejen las faltas de los hijos como grandes hazañas. Si la población peruana estuviera educada bajo principios y valores cívicos, no habría tanta falta, por ejemplo, a las reglas de tránsito que causan accidentes de tránsito con pérdidas de vidas como ocurren a diario. Pero este es un reto muy grande, aunque no imposible. Es cambiar de mentalidad. Salvo mejor parecer.

(*) Comunicador Social.

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