viernes, 8 de julio de 2011

OPINIÓN…

La soberbia… ese antiguo mal de los políticos (*)

Para quienes ostentan poder político, primero son ellos y, después, los demás. Son soberbios hasta con sus más allegados y sólo descienden de la omnipotencia cuando descubren que no son imprescindibles o bien porque ya les llegó, en definitiva, achaques u otras cosas, la hora del retiro a sus cuarteles de invierno.

Por eso todos, sin excepción, no aceptan que los dejen sin el trono del poder y reaccionan de la peor manera, olvidando juramentos, lealtades y credos. Es que la principal característica que tiene el político y su soberbia, es la vergüenza de ser un don nadie. Un veterano colega del gremio de la prensa, observador conspicuo del alma íntima de los políticos, repetía siempre que no hay nada peor para aquél que va por la vida exhibiendo su poder, que pisar una cáscara de plátano e irse de narices al suelo.

Bueno, pues, esto que ha sucedido en los últimos meses con algunos de nuestros políticos nativos, es parte de este folklore. Claro que quien se lleva las palmas es Jorge del Castillo, con su inolvidable frase "el único que me puede vetar soy yo" en los preliminares de la últimas elecciones generales, negando todo principio de disciplina partidaria y pisoteando la investidura de los órganos de gobierno de su colectividad política. Un poco más y saca a relucir la expresión de un veterano torero que se lucía afirmando "yo, el primero", hasta que lo cogió un cuerno y lo mandó de frente al cementerio.

Otro tanto ocurrió con Rolando Souza, hombre que, hay que reconocer, se fajó en la defensa de su jefe, el autócrata Alberto Fujimori, sin pensar en lo más mínimo que, cuando viniera la hora de las nuevas elecciones parlamentarias, ya no sería tomado en cuenta, sino más bien reemplazado, en el lugar de honor que le correspondía, por el hijo idolatrado de su defendido, o sea el imberbe Kenji. Y no precisamente por su valía legislativa, sino porque el muchacho es hijo de papá, hermano querido de la candidata presidencial y, vamos hombre, necesitado de ocupación fija.

El ridículo es algo inaceptable entre estos seres, algo terrible. Les hace perder el sentido del humor. Recordemos lo que protagonizó Lourdes Alcorta del PPC, quien de encargada de prensa de Lourdes Flores en el año 2001 pasó a congresista el 2006. Le tomó gusto al asiento parlamentario, a los viajes al extranjero, a los convites en el jet de los poderosos y, cuando menos pensaba, sus propios partidarios le sacaron tarjeta roja y le negaron la apetitosa posibilidad de una reelección. Alcorta, se sabe, es de armas tomar, se enfrentó en ese mismo escenario con uno de los "dueños" del partido o sea Javier Bedoya de Vivanco, reclamando el porqué de esa despedida intempestiva. El "tucancito" hizo un solo gesto: batió sus negras alas y le dijo chau. Algo sorprendente en un hombre de buenas maneras y que provocó que Alcorta diera media vuelta y tirara un portazo que casi rompió los tímpanos de sus hasta ese momento partidarios. El resto es historia conocida: Alcorta se las ingenió para postular…y allí la tenemos nuevamente reelegida. Es aquella que quiere que el canon se reparta equitativamente entre todas las regiones del país.

Pero así es la vida. Unas son de cal, otras de arena. Don Francisco de Quevedo y Villegas, el escritor español del siglo 17 y recordado por sus sabrosas anécdotas amatorias, apuntaba muy bien que "la soberbia nunca baja de donde sube, porque siempre cae de donde subió". Allí tenemos lo acontecido con Rosa Florián Cedrón, quien de alcaldesa de Contumazá, una de las trece provincias de Cajamarca, ascendió a congresista, repitió el plato y hasta fue voceada como integrante de la plancha presidencial del PPC. Ahora no es nadie, la ningunearon a la hora de hacer la lista parlamentaria por Lima y ella optó por lo práctico: renunciar al partido. Adiós ideologías, adiós amor al partido, adiós todo.

Son muchos los casos. La soberbia les gana porque, seguramente, ignoran que ella es el valor antidemocrático por excelencia. Quizá por ello los griegos tenían la sana costumbre de condenar al ostracismo a quienes  pretendían sobresalir e imponerse a los demás. Así evitaban la desigualdad entre los ciudadanos. Tenía que irse ¿saben por qué?: porque podía romper el equilibrio social. Es que el soberbio puede ser inteligente, pero no sabio; puede ser astuto, tremendamente astuto, pero jamás podrá ocultar sus huellas y con ellas sus apetencias y malas intenciones. Salvo mejor parecer.

(*) Andrés Abad Tejada.
Comunicador Social.

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