miércoles, 13 de julio de 2011

OPINIÓN… El caso genético de la esperanza (*)

En la variante más popular del mito griego sobre la creación de la mujer, Zeus le obsequió a Pandora una caja con la condición específica de que no la abriera bajo ninguna circunstancia.  Pero, como suele suceder en la mayoría de los casos, la bendita curiosidad se impuso una vez más a la fuerza de voluntad y la pobre Pandora, humana después de todo, sucumbió a la tentación.  Abrió la caja, y tan pronto como lo hizo, el contenido de la caja precipitadamente se escapó, y así fue como todos los males del mundo se dispersaron por la tierra.  Pandora, horrorizada,  apresuradamente cerró la caja, pero ya era demasiado tarde, lo único que había quedado dentro de ella porque había estado tímidamente acurrucada en el fondo de la misma, fue la esperanza.  Y debemos estar agradecidos con Pandora porque, después de todo, por lo menos pudo salvar ese último refugio donde solemos guarecernos de todos esos males que a veces nos agobian: la esperanza.

Y el caso de la esperanza es, paradójicamente, un tema menospreciado a pesar de ser un elemento que se encuentra incrustado en la medula misma de la lucha por la supervivencia y constituye una característica fundamental de la condición humana.  Todos hemos atravesado por momentos difíciles, y afortunadamente nunca ha faltado ese eterno amigo optimista que con fraternal palmada nos recuerda que la esperanza es lo último que se pierde.  Y así es, sin lugar a dudas, la esperanza es lo último que se pierde.  Ignoro el origen del dicho, pero cuanta sabiduría popular y cuanta enjundia, para usar un término bastante arcaico, se destilan del mismo. 

Tampoco es una coincidencia gratuita que la esperanza, transmutada ya en fe, sea probablemente la causa directa del origen y diseminación de la religión y, sobretodo, de su fecunda manifestación en múltiples y diversas formas.  Porque, indudablemente, en el fondo de esa promesa de un más allá redentor, de un cielo o paraíso después de la muerte, o de una eternidad compensatoria de nuestro efímero transitar por este mundo, yace inmanente el concepto de la esperanza.  Algunos podrán argumentar que la creencia en Dios o en el más allá constituye un acto supremo de fe.  Y tienen absoluta razón porque, al fin y al cabo, qué es la esperanza sino precisamente eso: una variante más de ese mismo acto de fe con que afrontamos nuestro constante devenir –no sólo inmediato sino también a largo plazo.  Por esa razón hacemos planes, diseñamos proyectos, sacamos hipotecas, compramos a crédito, invertimos en negocios, apostamos a los juegos de azar, y trabajamos y nos  sacrificamos y ahorramos para facilitar el porvenir de los hijos.  Por supuesto que el resultado no está garantizado, pero lo hacemos esperanzados en que lo sea.  Por lo demás, la diferencia entre fe y esperanza es una cuestión puramente semántica y académica y no es por esa ruta hacia donde nos dirigimos. 

Con muy raras excepciones, la realidad indiscutible es que existimos proyectándonos constantemente hacia el futuro.  Hacia ese mañana que siempre se vislumbra prometedor o por lo menos eso es lo que esperamos y deseamos: que sea mejor.  Especialmente en aquellas circunstancias cuando recibimos esos “golpes tan fuertes” que de vez en cuanto nos depara el destino y que tan angustiosamente evocara Cesar Vallejo en su poema “Los heraldos negros”.  Recomiendo releerlo, porque en esos versos no se destila ni una sola gota de esperanza.  Allí ya no existe un mañana redentor.  Allí todo es pura agonía existencial.  Allí hemos tocado fondo.  Pero los seres humanos no podemos permanecer en ese estado por largo tiempo, por lo menos la mayoría de nosotros.  No podemos existir sin ese elemento de optimismo, sin ese halito de fe o esperanza en el mañana.  No podemos siquiera imaginarnos existiendo sin un mañana.  La esperanza es, y aquí permítanme la analogía, como una  luz que alumbra, aunque sea tenuemente, esa penumbra aterradora que a veces resulta ser la incertidumbre del devenir.  Antídoto de la desesperación y el desamparo, tan gráficamente evocados en ese doloroso poema de Vallejo, quizás la esperanza sea lo que a veces nos salva de la locura o del suicidio.  Tanto a nivel individual como colectivo.

Porque si no fuera por ese elemento de optimismo, de fe y esperanza: ¿De qué otra manera podemos explicar o comprender o, incluso, justificar ese casi irracional afán de continuar existiendo y luchando a pesar de las adversidades o vicisitudes personales, y en un entorno donde parece que constantemente reinara el caos, la violencia, el crimen, las guerras, la corrupción, la contaminación, la pobreza, la ignorancia, las enfermedades virulentas, las calamidades y los desastres naturales; y encima de todo, como si lo enumerado fuera poco, existir conscientes y con la certeza lúcida que de la muerte no hay escapatoria posible. 

Pero aquí no termina el cuento, para colmo de todos los males, en su último libro titulado “How it ends”, el astrónomo Chris Impey se sumerge, de manera muy sobria, en el estudio sistemático de ese proceso fascinante, pero al mismo tiempo aterrador, que es la evolución cósmica que culminará con la total extinción de la vida en la tierra y la eventual y gradual extinción del universo entero.  Y esto no es una mera especulación carente de fundamentos científicos o algo puramente hipotético, sino el simple resultado natural de la ley física de causa y efecto.

Cabe preguntarse entonces: ¿Cuál es la fuente, dónde radica el origen de ese optimismo, de esa fe y esperanza que a veces resultan irracionales por carecer de una explicación lógica?  ¿De dónde surge esa esperanza del paciente desahuciado por los médicos que aun continua esperando la cura milagrosa o la del condenado a muerte que espera hasta el último instante que se le conmute la pena?  ¿Cuál es la razón, el propósito o sentido de seguir luchando por la existencia, a nivel individual y a nivel colectivo, cuando la eventual extinción de la vida y de nuestro universo convierte esa lucha en una futilidad rayana en lo gratuito?

En su reciente obra titulada “The Optimism Bias”, la psicóloga Tali Sharot discute los resultados de una exhaustiva investigación científica que realizó precisamente sobre el tópico del optimismo. Basada en estudios similares llevados a cabo en el campo de la neurología y la sicología y en observaciones directas de la actividad cerebral que ella misma efectuó utilizando los últimos avances de la resonancia magnética funcional, Tali Sharot llega a la conclusión que los seres humanos estamos genéticamente predispuestos y neurológicamente equipados para ser emocionalmente optimistas. 

Es decir que la capacidad para ser optimistas no es un rasgo característico y único de ciertas personas, sino que es una cualidad humana innata que, como resultado de la selección natural, se ha ido depurando a lo largo del proceso evolutivo de nuestra especie.  Y es precisamente esa capacidad natural que poseemos para el optimismo la fuente que nutre lo que denominamos esperanza o fe.  Y es esta dinámica vital y funcional la misma que originalmente generó, en nuestra larga lucha por la supervivencia como especie, esa esperanza de poder encontrar más abundante comida primero allende el bosque, después allende la montaña, luego allende los mares y que eventualmente nos continuará impulsando allende el espacio. 

Resulta pues que la capacidad que tenemos los seres humanos para ser optimistas es innata a nuestra naturaleza humana y una necesidad perentoria para nuestra sobrevivencia como individuos y como colectividad.  Aunque expresada en diferente contexto, la famosa y rehusada cita de Voltaire: “si Dios no existiera, sería necesario inventarlo” vendría muy bien al caso ahora.

En resumidas cuentas, como afirma la psicóloga Tali Sharot, aunque existen pruebas científicas irrefutables de la existencia de un factor genético en nuestra predisposición al optimismo, también es necesario vivir teniendo siempre presente la dinámica de nuestra propia realidad circundante de la cual no podemos evadirnos.  En otras palabras, es saludable y aconsejable ser optimistas en toda circunstancia, pero vivir requiere también de una buena y saludable dosis de sentido común, y no debemos pedirle peras al olmo esperanzados en que sólo nuestra fe hará el milagro.

(*) Hildeyardo Ramírez Paredes
Director del Departamento de Lengua
St. Stephen’s School
Austin, Texas USA

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