sábado, 11 de junio de 2011

( OPINION ) Reivindicación científica del chismoso (*)

Quiero comentar en torno a una noticia que ha pasado casi desapercibida en la mayoría de los medios de difusión tanto cibernética como tradicional.  Al parecer resulta que el vituperado y repudiado chismoso, el lengua larga, el murmurador, el correveidile, el cizañero, el indiscreto, el que no puede guardar un secreto, el que se va de la lengua, el que murmura detrás de la espalda; en resumidas cuentas, ese personaje envilecido y despreciado que como una plaga virulenta ha azotado la tierra desde tiempos inmemoriales, ahora resulta ser que ha desempeñado un valiosísimo papel en la cruenta y larga lucha por la supervivencia de la especie humana.

Un estudio llevado a cabo por investigadores de la  Northeastern University in Boston, publicado en la revista Science, concluye que la información que se propaga y se recibe a través de los chismes no es solamente un fenómeno natural propio de la dinámica social sino que tiene una función mucho más significativa y relevante de lo que se podría haber pensado.  Esta información no solo es utilizada para protegernos de nuestros enemigos y rivales, o incluso de aquellos que consideramos amigos, sino que también tiene un efecto saludable en nuestro estado anímico.  En otras palabras, y en vernáculo para que quede bien claro, todos los seres humanos, absolutamente todos, sin excepción alguna, estamos genéticamente condicionados, por proceso de selección natural, a ser chismosos. Todos llevamos agazapado, en algún lugar profundo de nuestra psiquis, nuestro propio y repulsivo correveidile. Vaya revelación.  ¿Qué diría Darwin al respecto?

Obviamente que en algunos de nosotros esta capacidad está más desarrollada o mejor cultivada que en otros y por lo tanto dichas lenguas resultan ser más mortíferas y venenosas que las otras. Entre los más empedernidos y refinados chismosos, aquellos que han hecho de la chismografía un arte o una carrera se encuentran, obviamente, los comentaristas de radio y televisión, los críticos de toda índole, los periodistas, los cuentistas y novelistas, todos ellos chismosos de rancio abolengo, y con la conveniente ventaja de tener tribuna desde donde verter su mortífera lengua.  Pero ya no existe razón alguna para avergonzarse de ello, ni continuar camuflándose, o para hacerlo a escondidas, la ciencia por fin nos ha reivindicado. Ya era hora.

Así que chismosos del mundo a inflar ese pecho y a levantar esa frente muy en alto y con orgullo porque la ciencia comienza a redimirnos y a ratificar la valiosa contribución que nuestra indiscreta lengua ha prestado al desarrollo de la evolución y civilización humana.  Por la tanto, a poner más empeño, afilar esas lenguas, agudizar y refinar ese oído con más ahínco, y a destilar la ponzoña con más gusto.  Es indispensable, para nuestra supervivencia, continuar sacando esos trapitos sucios para ventilarse al aire libre y sin miramientos.  Y que no se escape nadie, ni siquiera el papa. Incluso es hora de organizarse en entidades respetables, constituirse en sindicatos, en partidos políticos, en órdenes religiosas o en clubes privados.  Ha llegado la hora de demandar el reconocimiento público que nos ha sido negado por siglos y siglos de hipocresía y persecución inquisitorial en nombre de la sacra honestidad, la integridad, la nobleza, la lealtad, la humildad, y la discreción.

Incluso, unidos en solidaridad hasta podríamos lanzar nuestro propio candidato a la presidencia. ¿Por qué no?  Los ha habido de todo tipo y de toda calaña.  Sátrapas, tiranos, borrachos, rufianes, cleptómanos, cocainómanos, por qué no un chismoso, que en nuestra patria abundan, algunos buenísimos y refinados expertos en la maledicencia -no faltaba más.


(*) Hildeyardo Ramírez Paredes
Talara -Perú
Director del Departamento de Lengua
St Stephen’s School
Austin, Texas - USA

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